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Naturaleza y sociedad: pacto social

Los fundamentos del naturalismo dominan la época de Hobbes, Spinoza, Locke y Rousseau. La idea de un estado de la naturaleza y el salto a un estado civil fue objeto de estudio y reflexiones de numerosos autores (no sólo de los anteriores). Quizás lo más interesante fue una radical distinción de la idea aristotélica del zoon politicon. Según el estagirita, el hombre era un animal eminentemente político. En palabras del catedrático  Antonio Rodríguez Huéscar —en su introducción a “El contrato social”—:

[…] surge la idea moderna del pacto social que se opone a la concepción tradicional aristotélica […], es decir, de la sociedad política como algo originario y natural, y por otra, al Estado de derecho divino postula por el pensamiento cristiano.

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En efecto, lo que parece consolidarse es la existencia de un estado natural del hombre, previa a toda clase de asociación y de relaciones sociales, incluida, por tanto la existencia de una política como imagen de máxima expresión de acuerdo social. El hombre se ve arrastrado irremediablemente a pactar con otros para alcanzar aquello que carece. Este estado original se caracteriza por tener a la fuerza bruta como máximo valor: el macho alfa con más fortaleza ejerce de líder.

Se podrían distinguir tres concepciones diferentes de esta transición de la naturaleza a lo social: a) el pesimismo Hobbesiano. Este filósofo inglés partía de una idea negativa del hombre: el hombre es malo por naturaleza (es egoísta, desconfiado, ansioso de poder…). De ahí la popularización de la locución latina “Homo homini lupus” (el hombre es un lobo para el hombre). Esta situación es una suerte de guerra constante entre los hombres que les conduce a su exterminio en algún momento. Por ello, casi por instinto de supervivencia, los propios hombres son conscientes del peligro y renuncian a sus derechos naturales delegándolos en un tercero, un Soberano que tenga poder absoluto. Rodríguez Cuesta escribe:

El Estado que así nace —ya tenga forma monárquica, aristocrática o democrática— goza de un poder absoluto sobre los súbditos: es el Estado Leviatán, en el cual el principio autoritario alcanza su máxima expresión. Solo de esta manera —piensa Hobbes— podrá cumplir el Estado su fin esencial, que es el mantenimiento de la paz entre los hombres. Si la transmisión de los derechos y la libertad naturales no fuese absoluta, y en la medida que no lo fuese, continuaría el estado de guerra. […] Hobbes no quiere saber nada de una división de poderes, que debilitaría la soberanía. Esta es absoluta e indivisible.

La segunda posición sería b) el optimismo Lockeano. En contra de la tesis de Hobbes, Jonh Lock sostiene que el hombre, en general, posee unos valores positivos (sociabilidad, benevolencia…) que superan a los negativos (egoísmo, agresividad…). Sin embargo, hay que procurar asegurar estos valores por ley de tal manera que se puedan neutralizar a las personas que, por lo que sea, no sigan esta buena conducta. La tercera posición c) el transformismo Rousseaniano, se encontraría a caballo entre las dos anteriores. Es la tesis que desarrolla en los cuatro libros de “El contrato social”. Así Rodríguez Cuesta indica que “En Hobbes se pierden los derechos naturales; en Locke se conservan; en Rousseau se transforman”. Los derechos se trasladarían no al Soberano sino a la comunidad.

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Hoy en día, el pacto social —con todos los matices que se quiera— no deja de ser un concepto de rabiosa actualidad: por ejemplo el “independentismo catalán”. Asunto espinoso que raya en el dilema entre el respeto a la ley y a la identidad personal.

 

  • ROUSSEAU, Jean-Jacques (1970). El contrato social. Trad. Consuelo Berges. Ed. Aguilar, Madrid.

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