Archivos Mensuales: marzo 2016

Iglesia y Democracia. Ventajas e inconvenientes

La religión cristiana democratiza

La religión ha tenido y tiene un peso específico en su relación con la política y sus consecuencias democráticas. En particular, el cristianismo ha jugado un papel destacado desde sus orígenes aportando una idea de equidad: todos los hombres son iguales ante Dios. Este mensaje democratizador es decisivo en las sociedades clásicas que bebían de la tradición platónica y aristotélica en donde se defendía sin fisuras —sobre todo en el caso del Aristóteles— distinciones vitales tales como la ciudadanía, la esclavitud… En este sentido, San Pablo en la “Epístola a los Gálatas” 3:28, escribe que “ya no hay […] esclavo ni libre, no hay varón ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”[1]. Con la conversión del emperador Constantino, el cristianismo se posicionó de manera respetuosa con el poder político bajo la premisa de que este provenía del poder divino. Esta legitimidad exigía obediencia (como el mismo Pablo sostuvo en la “Epístola a los Romanos”).

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Iglesia y democracia. Visión de San Agustín y Tomás de Aquino

Unos siglos más tarde, San Agustín se volvía a interrogar por la pregunta que se habían planteado Platón y Aristóteles en las obras “La República” y “La Política”, respectivamente: ¿cómo es un estado ideal? El de Hipona responde que este debe regirse bajo una verdadera justicia: la divina[2]. ¿Es necesario un estado? Para San Agustín, así es, pero no debido a la naturaleza egoísta del hombre —como defendería años más tarde Hobbes— sino debido al pecado original. La consecuencia es la necesidad de un estado que corrija el desvío del hombre y que aplique el correspondiente castigo.

Razón distinta daría santo Tomás de Aquino a la anterior pregunta aunque fuera también positiva: hace falta, efectivamente un estado pero porque —como defendía Aristóteles— el hombre es un animal social y tiende, de suyo, a organizarse. La influencia aristotélica hacia la naturaleza es de tal fuerza que le hace distinguir a Tomás de Aquino dos tipos de leyes: las humanas y las naturales en las que se inspiran las primeras —con el propósito de mejorar la conservación de la vida—. El corte cristiano se muestra patente ante la pregunta de la obediencia a la ley: se debe desobedecer toda ley humana en contra de Dios. En cambio si no incurre en lo anterior pero es injusta, recomienda —por razón de evitar escándalos o desórdenes[3]— su cumplimiento si bien entiende que no es exigible para quien, en justa conciencia, así lo considere. Ante la pregunta de cuál sería la mejor forma de gobierno, en su obra “Summa Theologica”, Tomás de Aquino defiende una combinación de las formas que Aristóteles explicaba en su “Política”. Petrucciani (2008) lo sintetiza de la siguiente manera:

El poder del gobierno debe poseerlo una autoridad única (monarquía); esta debe estar flanqueada por un amplio cuerpo de ciudadanos calificados (como en la aristocracia); además, de conformidad con el principio democrático, estos gobernantes, dotados de cualidades que los hacen idóneos, deben ser elegidos en el ámbito del pueblo y por el pueblo mismo. No obstante, el pensamiento de Tomás presenta un sesgo distinto en De Regno (conocida también como De regimine principum), obra enviada al monarca de Chipre. Aquí sostiene Tomás que el gobierno de uno es preferible al gobierno de muchos, y aduce numerosas razones al respecto.

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¿Cómo maridar el poder político y el religioso?

La influencia religiosa de los anteriores autores no se ocultaba en los matices de subordinación que procuraban otorgar, en justa conciencia, por respeto a una dimensión más elevada a la que el poder político terrenal debía supeditarse. Esto comenzó a diluirse a partir de Dante que, en su obra “Monarchia”, con sumo respeto no dudó en plantear otro escenario: el poder secular no debe subordinarse el divino. En este sentido, Guillermo de Ockham también horada el poder divino al poner en entredicho la plenitud papal sobre “las cosas temporales y defiende la emancipación de los cristianos respecto de las pretensiones del pontífice de dictar ley también en el ámbito político, que ocasionarían la peor de las tiranías” (Petrucciani, 2008). Una última pincelada en este bosquejo es la ruptura que Martin Lutero provocó en el primer tercio del siglo XVI al sostener el principio del “libre examen” según el cual, todo cristiano está capacitado para interpretar los textos sagrados. Esto socavaba la necesidad de los sacerdotes como intermediarios entre Dios y los hombres. Para llevar a cabo esta empresa, Lutero necesitó de un gran apoyo de los príncipes en su lucha contra Roma, como símbolo religioso europeo. Esto no fue gratuito ya que, a su vez, tuvo que defender la autoridad pública con toda la fuerza necesaria para aplacar las eventuales desobediencias civiles.

[1] Gálatas 3:28

[2] Ciudad de Dios, XIX.

[3] Petrucciani (2008)

 

Bibliografía y webgrafía

 

  • PETRUCCIANI, Stefano (2008). Modelos de filosofía política. Ed. Amorrortu.
  • WEBER, Max (2007). La política como profesión. Biblioteca nueva.
  • SAN AGUSTÍN (1994), Ciudad de Dios. Ed. Porrua. Madrid.
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