La plasticidad cerebral

¿Qué es más importante, los genes o tu entorno social? La plasticidad cerebral encuentra una solución a este enredo. Nicholas Carr en su obra “Superficiales” nos abre esta esperanza a través de algunos ejemplos. Veamos cómo puede influir la plasticidad de nuestras redes neurológicas en nuestras vidas.

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Una neurona promedio establece alrededor de mil conexiones sinápticas. Hasta mediados del siglo XX perduraba una idea de la inmutabilidad cerebral: no existía cambio sino únicamente decadencia. Esta tesis fue siendo atacada mediante investigaciones que fueron arrojando esperanza a la posibilidad del cambio. Uno de los pioneros en este campo fue Merzanich, doctorado en fisiología. Realizó el siguiente experimento: secciona algunos nervios sensoriales a monos analizando los micromapas cerebrales que previamente había obtenido mediante electrodos en una primera fase. Lo que descubre es que, al principio, el cerebro del mono, ante una estimulación manual, no responde adecuadamente (al haber sido seccionado). Unos meses más tarde se da cuenta de que el cerebro se ha reajustado. La comunidad científica va reforzando esta tesis de la plasticidad cerebral a medida que nuevos experimentos lo van demostrando empíricamente.

El biólogo Eric Kandel usó una babosa marina para el siguiente experimento: después de tocarle las branquias unas cuarenta veces sólo el diez por ciento de sus células sensoriales mantienen vínculos con las células motrices (cuando al principio el porcentaje era del noventa por cierto). Es decir, las babosas aprenden y hacen caso omiso al estímulo. Las posiciones clásicas acerca de los determinismos biológicos y sociales parecían ser superados por la babosa. El primer determinismo sostiene que nuestras decisiones son fruto de nuestra carga genética y no podemos sino someternos a la misma. Por el contrario, el determinismo social defiende que es nuestro entorno, cultura, estímulos… lo que determina nuestro comportamiento. Kandel alcanza una comunión entre estos dos extremos dado que una babosa nace con una estructura neuronal determinada pero, tras la exposición a estímulos, consigue reestructurar dicho mapa neuronal. En otras palabras, es posible cambiar.

En el libro “El cerebro se cambia a sí mismo”, Doidge narra el caso de Michael Bernstein que sufrió un derrame cerebral. Una de las consecuencias fue la parálisis de su mano izquierda. No parecía tener solución pero se apuntó a un programa de terapia experimental en la que durante ocho horas al día, seis días a la semana, forzaba trabajos rutinarios. Las acciones repetidas, dice Carr, desencadenaron que el sistema neuronal detectara una nueva necesidad y se formaron nuevos circuitos neuronales. En semanas, recuperó casi toda la movilidad de su mano.

La plasticidad se ha consolidado de tal manera que incluso autores como el neurólogo Álvaro Pascual-Leone afirman que es el “estado normal durante el curso de toda la vida”. Carr añade: nuestros cerebros están en constante cambio como respuesta a nuestras experiencias y nuestra conducta reorganizando sus circuitos. Pascual-Leone realizó el siguiente experimento: reclutó un grupo de personas para tocar una melodía al piano. A la mitad les pidió que tocaran efectivamente mientras analizaba su actividad cerebral. A la otra mitad les pidió que imaginaran que la tocaban pero sin tocar una tecla. La actividad cerebral fue la misma. Es decir, el pensamiento y la acción provocan el mismo resultado neuronal.

Edward Taub realizó un experimento con violinistas diestros adultos: midió las áreas corticales de las manos derecha e izquierda. A continuación las comparó con las áreas análogas de personas no violinistas. Constató que cuando comparaba las manos que se usaban para tocar las cuerdas, las áreas eran claramente diferentes. Por el contrario, al comparar las actividades neuronales de la otra mano (que hace un trabajo mucho más sencillo) vio que no había muchas diferencias. En otras palabras, el uso del instrumento había modificado el mapa mental. Además, desterró una vieja idea de que el cerebro adulto apenas puede cambiar. Todos los miembros del experimento eran adultos.

Carr habla de la “paradoja de la neuroplasticidad que observa Doige” en el sentido de que los circuitos sinápticos que se establecen son consolidados por el cerebro para agilizar las tareas rutinarias. De esta manera se penaliza a los circuitos secundarios. En mi opinión, este hecho, que no lo discuto, no es una suerte de paradoja. La plasticidad viene determinada por la capacidad de generar nuevos circuitos incluso en edades avanzadas. Esto no es obstáculo a que el cerebro prefiera no construir dichos circuitos y mantener los ya existentes. Sencillamente, busca la ley del mínimo esfuerzo aunque, en caso de necesidad, es capaz de modificar su estructura neuronal. El caso de Michael Bernstein y su recuperación a base de semanas de un duro ejercicio de repetición es un ejemplo del esfuerzo necesario para formar nuevas conexiones.

 

Bibliografía y webgrafía

  • DEL CASTILLO, Javier (2015). ÉTICA DIGITAL: Hacia una Administración ética y eficiente. Ed. CreateSpace Independent Publishing Platform. Recuperado de: http://www.eticayadministracion.com/
  • PINES, Maya (1989). Los manipuladores del cerebro. Ed. Alianza.
  • MCLUHAN, Marshall (2009). Comprender los medios de comunicación. Ed. Paidós Ibérica.
  • CARR, Nicholas (2011). Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Ed. Taurus.
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Publicado el 13 noviembre, 2015 en Filosofía, Política, Tecnología y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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