10 claves para entender qué es la Propiedad Intelectual

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Clave 1 – ¿Qué es la Propiedad Intelectual?

La propiedad intelectual (PI) sería toda creación del intelecto humano.

Normalmente se caracteriza por proteger los derechos de un autor en la explotación y obtención de beneficios de su obra. El concepto de propiedad intelectual tiene su raíz en la idea de reconocer la autoría de un creador y su derecho a cualquier beneficio que pueda producirse como resultado de su trabajo y explotación.

La Organización Mundial de la Propiedad Intelectual asevera:

 

La propiedad intelectual (P.I.) tiene que ver con las creaciones de la mente: las invenciones, las obras literarias y artísticas, los símbolos, los nombres, las imágenes y los dibujos y modelos utilizados en el comercio.[1]

 

La PI está orientada a la información o los conocimientos que pueden transformarse en bienes tangibles y ser distribuidos a lo largo del mundo. En efecto, este derecho no está focalizado en dichos tangibles sino en la causa y origen de los mismos.

[1] Extraído de “qué es la propiedad intelectual”. URL: http://www.wipo.int/about-ip/es/

 

Clave 2 – ¿Cuál es el origen y evolución de la Propiedad Intelectual?

Aunque últimamente se está hablando mucho de ella, de su ámbito, de sus posibles excesos… es un asunto que tiene más de dos milenios de antigüedad pudiéndonos retrotraer a la antigua Grecia donde ya se hablaba de la misma. En efecto, una de las primeras referencias la podemos tener con Vitrubio[1] (s. II a.C) quien expuso cómo había falsos poetas que se habían apropiado con palabras y frases de otros sin citar sus fuentes.

También en el imperio romano podemos encontrar varios casos. Por ejemplo, se podía discutir acerca de la autoría de una pintura (que pertenecería al artista) que está plasmada sobre un material (que sería propiedad del artesano).

En los siguientes siglos, hay que destacar uno de los primeros estatutos que se redactaron en la Florencia del siglo XV donde se protegía los derechos de autor, sentando las bases de lo siguientes desarrollos de propiedad intelectual tanto en América como en Europa.

Las instituciones americanas de propiedad intelectual están basadas en el sistema inglés el cual arrancó con el Estatuto de los monopolios (1624) y en el Estatuto de la Reina Ana (1710). Éste último marcó un antes y un después ya que introducía, por primera vez, el derecho de copyright a su autor[2].

Tras el ejemplo inglés, varios países europeos siguieron su estela adoptando estas líneas de protección (Bugbee, 1967)[4].

En el siglo XIX, cabe reseñar dos convenios de especial significación: El Convenio de París para la Protección de la Propiedad Industrial (1883) y el Convenio de Berna para la Protección de Obras Literarias y Artísticas (1886).

[1] La traducción es mía sobre el artículo Intellectual Property, The Stanford Encyclopedia of Philosophy: […] de la Stanford In the first case, Vitruvius (257–180 B.C.E.) is said to have revealed intellectual property theft during a literary contest in Alexandria. While serving as judge in the contest, Vitruvius exposed the false poets who were then tried, convicted, and disgraced for stealing the words and phrases of others. […]

[2] Pudiendo autorizar la reproducción de la obra, elegir el editor…El plazo de protección era de 14 años, prorrogables otros 14, si el autor seguía viviendo.

[3] Fuente: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/e/ec/Statute_of_anne.jpg/290px-Statute_of_anne.jpg

[4] La traducción es mía sobre el contexto del artículo “propiedad intelectual” de la SEP (Stanford Encyclopedia of Philosophy)

 

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Clave 3- Naturaleza ética de la Propiedad Intelectual

En primer lugar, tendríamos el derecho a las leyes morales que se presuponen al creador de una obra respecto de la misma. De otro lado, también estaría del derecho de la sociedad a beneficiarse de dicha obra. La OMPI dice en este sentido […] y de los derechos del público a beneficiarse de las mismas [de la obra]. ¿De qué manera los derechos de propiedad intelectual protegen a la audiencia de poderse beneficiar de las creaciones? Si bien el argumento ético parece encomiable, no es fácil alcanzar ejemplos o razones que apoyen dicho objetivo, antes bien, el contrario.

Otro argumento en este sentido es el objetivo de promover la creatividad y los fines de difusión. El creador invierte tiempo y esfuerzo en la generación de su obra intelectual. Esta, para que pueda distinguirse y ser original, tiene que haber sido dotada de cierta dosis de creatividad. No es desdeñable este esfuerzo en la mayoría de los casos. Los bienes tangibles que pudieran derivarse de estas ideas redundarán en la sociedad en mayor o menor medida. Este resultado final no sería posible si el autor perdiera dichos derechos.

Hemos hablado de la naturaleza ética y económica que podría justificar la propiedad intelectual. Ahora bien, ¿qué derechos se pretenden que estén protegidos? Tanto la OMPI como la mayoría de legislaciones al respecto distinguen dos tipos: derechos éticos y derechos patrimoniales.

Nos fijaremos en los primeros, los derechos morales. Suelen ser de dos tipos: 1) derecho de paternidad (la obra puede ser reivindicada por su autor) y 2) derecho de integridad: la obra sólo puede ser alterada por su creador. Estos son independientes de los derechos patrimoniales. Asimismo, aunque el autor cediera parte de ellos, los morales nunca se conceden. En la ley de propiedad intelectual, el artículo 14 reza explícitamente: son derechos irrenunciables e inalienables.[1]

[1] El mismo artículo indica algunos de dichos derechos morales: 1.º Decidir si su obra ha de ser divulgada y en qué forma. 2.º Determinar si tal divulgación ha de hacerse con su nombre, bajo seudónimo o signo, o anónimamente. 3.º Exigir el reconocimiento de su condición de autor de la obra. 4.º Exigir el respeto a la integridad de la obra e impedir cualquier deformación, modificación, alteración o atentado contra ella que suponga perjuicio a sus legítimos intereses o menoscabo a su reputación. 5.º Modificar la obra respetando los derechos adquiridos por terceros y las exigencias de protección de bienes de interés cultural. 6.º Retirar la obra del comercio, por cambio de sus convicciones intelectuales o morales, previa indemnización de daños y perjuicios a los titulares de derechos de explotación.

 

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Clave 4 – Naturaleza económica de la Propiedad Intelectual

¿Existen intereses económicos que pueden justificar la propiedad intelectual? Como veíamos antes, el autor tiene un coste en tiempo y esfuerzo. Si no recibiera una recompensa económica por el mismo, puede que lo hiciera en todo caso (en su tiempo libre…) o puede que no pudiera (en el bien entendido de que las personas necesitan un sustento económico para su desarrollo básico). En este último caso, el creador no estaría motivado económicamente y buscaría otras ocupaciones más provechosas. Se rompería la cadena expuesta más arriba, penalizándose, en último caso, la sociedad (y, por cierto, también el propio creador en última instancia).

A caballo entre la motivación ética y económica, estaría la defensa de la competencia leal. Ciertamente, tras el esfuerzo en desarrollar una obra, si no existiera ninguna protección, otra persona (empresa,…) podría apropiarse de la misma y obtener todo el beneficio resultante de la distribución y explotación de los tangibles derivados.

 

Clave 5 – Tipos de Propiedad Intelectual

Podríamos distinguir dos categorías ontológicas de propiedad intelectual: la propiedad industrial y los derechos de autor.

La propiedad industrial centraría su protección mediante patentes, en la defensa de las marcas comerciales, diseños industriales (creaciones estéticas que determinan el aspecto de un producto industrial[1])…

Los derechos de autor protegerían las creaciones artísticas: obras literarias, música, pinturas, esculturas, películas, programas de computador…

La protección de los derechos tiene que ir encaminada a expresiones concretas. Por ejemplo, alguien que exprese de manera más específica la teoría de relatividad de Einstein, no estaría infringiendo derechos de autor (aunque quizás sí plagio)[2].

Sería interesante distinguir entre invención y obra (literaria, artística,…) para poder esclarecer y justificar su distinta protección.

Una invención sería toda idea solución a un problema técnico[3]. En este caso, lo que se protege es un intangible y, consecuentemente, su derecho a explotarlo (materializar la idea y obtener beneficios de la misma). Llegado el caso, apunta la OMPI, si un tercero llegara a la misma idea sin incluso tener constancia de la existencia de que ya existe, tendría que pedir autorización para poder explotarla. Esta estrategia sería análoga a la indicada por Van Parijs y Ansperger del tipo “el primero que llega se queda con ello”, referido al libertarismo en su obra Ética Económica y Social. En efecto, en el capítulo dedicado este movimiento, hablan de tres características asociadas: 1) la autopropiedad (cada persona es propiedad de sí misma); 2) la transferencia voluntaria: Un individuo no puede limitarse a la propiedad de uno mismo pues necesita de elementos externos para su desarrollo natural: aire que respirar, comida… Por ello, debe haber una transferencia voluntaria con la persona que era antes legítimamente propietaria (una casa…). Hacer notar que el precio justo es únicamente el acordado independientemente de si hay monopolios, monopsonios, burbujas económicas (inmobiliaria…); y 3) apropiación originaria. Este podría resumirse con “el primero que llega se queda con ello” o bien otras alternativas que suavizan la posición. Esta última característica está enfocada a un ámbito más material, por ejemplo, el descubrimiento de nuevas tierras. No obstante, creo legítimo extrapolarlo a lo intangible, por ejemplo, a las ideas protegidas por la propiedad intelectual. 

Por otro lado, tendríamos las obras literarias o artísticas. Aquí lo que se protege no es la idea sino la expresión de ella, su forma material: una palabra, un libro, un lienzo, unas líneas de código, una base de datos,… Desde este punto de vista, la creación se entendería como la elección de la disposición de los caracteres alfabéticos, de las notas musicales o de los trazos de pinturas.

La anterior diferencia ontológica explica la distinta protección legal. Así normalmente las patentes suelen tener un blindaje de unos veinte años frente a los setenta de los derechos de autor (en la mayoría de las legislaciones actuales europeas). Además, en el caso de las invenciones, suele ser imprescindible publicitarlas de modo que exista un registro oficial de las mismas. En el caso de las obras literarias o artísticas, no es necesario puesto que ya existen como expresiones de ideas siendo, asimismo, protegidas desde el mismo momento de su creación.

[1] Es de sobra conocida multitud de pugnas jurídicas que se tienen en la actualidad entre infinidad de empresas que denuncian “copias” estéticas de sus productos. Así tenemos el ejemplo entre Appley y Samsung a tenor de sus semejanzas estéticas entre algunos de sus terminales (Iphone – Samsung Galaxy).

[2] Ejemplo extraído de la SEP: Moore, Adam (2011), Intellectual Property

[3] Principios básicos del Derecho de Autor y los derechos conexos (OMPI, p. 5).

 

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Clave 6 – Justificaciones filosóficas a favor y en contra de la Propiedad Intelectual

Vamos a resumir tres posiciones de índole filosófica en cuanto a la naturaleza y causa de la propiedad intelectual.

La primera de ellas tiene que ver con la posición centrada en la persona. Uno de los defensores fue Hegel. No hay que minusvalorar el riesgo que asumen los autores al dar a conocer su obra. Ciertamente, su reputación está en juego, no sólo su sustento económico. De esta manera, se torna necesaria una protección que cubra dicho riesgo. Por otra parte, como ya se ha mencionado, la propia sociedad se beneficia del progreso que conllevan las creaciones e innovaciones derivadas de las ideas y obras de los autores.

Uno de los contraargumentos más extendidos es la defensa de la naturaleza social de la información. Esto es, la información no es propiedad de nadie y, el compartirla, redunda en una mejoría de la sociedad.

Al hilo de esta última idea, se desprende el segundo argumento de corte utilitarista. En efecto, el autor no invertiría su esfuerzo en crear obras si no tuviera una protección legal que lo amparase. No se trata de enriquecerse a espuertas y monopolizando el mercado sino poder obtener un proporcionado reconocimiento económico. Sin este, el autor declinaría esta senda de infructuoso desgaste orientando su energía a otros menesteres más rentables. En última instancia, la propia sociedad perdería estos beneficios.

Contra esta posición, se encuentran aquellos que defienden que la recompensa económica no es la única que debería perseguir el autor. De hecho, no es lo único que obtienen ya que, al disponer de ella públicamente, también ganan reconocimiento y prestigio. Muchas veces esto es de mayor valor que el puro beneficio monetario. Es más, en ciertos momentos o entornos (académico…) puede ser mucho más compensatorio y enriquecedor.

Finalmente, el tercer gran argumento que podemos encontrar en defensa de la propiedad intelectual, vienen de la mano de posiciones lockeanas sobre la propiedad. Según las mismas, el hombre es dueño tanto de sí mismos como de su trabajo. De esta manera, cuando una persona trabaja un objeto que no posee, se produciría una suerte de extensión del derecho que abarcaría a dicho objeto como suyo.

Esta posición no está exenta de refutaciones. Por ejemplo, Jeremy Waldron (1983) aduce una inconsistencia ontológica ya que no se puede mezclar acciones con objetos[1]. El mismo autor junto con Perry (1978) indican que la mezcla entre una acción con un objeto daría más derechos limitados y no una extensión global de derecho[2].

[1] La traducción es mía de a SEP: […] actions cannot be mixed with objects […]

[2] La traducción es mía de a SEP: […] mixing one’s labor with a unowned objetct shouled yield more limited rights than rights of full ownership […]

 

Clave 7 – Tipos de licencias

La SEP distingue cinco derechos de copyrights claramente diferenciados: el derecho a reproducir el trabajo, el derecho a adaptarlo, el derecho a distribuir copias, el derecho a mostrarlo públicamente, y el derecho a realizarlo públicamente[1]. En función de la casuística, tendríamos diferentes años de protección tras la muerte (70, 95, 120 años…)[2].

Frente a las distintas licencias de copyrights, tenemos las complementarias que serían el reflejo de las posiciones encaminadas a entender la información como algo social. Así nace el copyleft, procommons, creative commons… la

Revolución industrial trajo consigo la protección de los tangibles que se empezaron a producir masivamente. La Revolución tecnológica está forzando una nueva manera de entender lo inmaterial. Ahora lo importante reside en el acceso a los contenidos digitales; ora por descargas, ora mediante acceso en línea. En efecto, en los últimos años, se está instaurando un nuevo paradigma digital basado en el consumo de contenidos digitales on-line. Baste como ejemplo youtube, RTVE a la carta, y, por qué no, los cursos virtuales OCW (Open Course Ware)[3]. La UNED se basa en una licencia Creative Commons para los derechos de autor de sus cursos abiertos. Dicha licencia permite copiar, distribuir, modificar los contenidos de los cursos siempre que se cite la fuente y no tenga fines comerciales[4].

[1] La traducción es mía de la SEP: [..] the right to display the work publicly, and the right to perform it publickly […]

[2] En la legislación española tenemos la referencia de 70 años para los casos más comunes.

[3] OCW es una iniciativa editorial electrónica a gran escala, basada en Internet y fundada conjuntamente por la Fundación William and Flora Hewlett, la Fundación Andrew W. Mellon y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Información reflejada en la página Web de laUNED-OCW: http://ocw.innova.uned.es/ocwuniversia/About

[4] En la siguiente dirección detalla los aspectos más importantes de dicha licencia: http://ocw.innova.uned.es/ocwuniversia/front-page/derechos-de-autor/

 

Clave 8 – Límites de la Propiedad Intelectual

Evidentemente, incluso los mayores defensores de la existencia de la propiedad intelectual admiten que tiene que haber unas limitaciones razonables a la misma. No tendría sentido que se pudiera proteger una idea por millones de años. Es más, atentaría directamente al beneficio de la sociedad pues nadie, nunca, llevaría a cabo estas mejoras que podrían redundar en una mejora social. La cuestión espinosa y polémica es, como casi siempre, acertar en un punto de equilibrio.

Con las cuestiones filosóficas, éticas, económicas expuestas anteriormente, ¿qué categorías de obras son susceptibles de ser protegidas? ¿Cuánto tiempo es razonable proteger a una obra? ¿Cómo conseguir que la sociedad se beneficie de compartir una idea sin desproteger a su creador? Con la irrupción de las Nuevas Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, ¿Cómo controlar la copia y distribución ilegal a través de internet? ¿Es ético el pago de cánones?

En relación a esta última pregunta, la última reforma de la Ley de Propiedad Intelectual estableció un canon para los soportes digitales. La justificación pretendía compensar al artista por las posibles copias privadas que se pudieran hacer. Pedro Farré, director de Relaciones Institucionales de la Sociedad General de Autores (SGAE) comentaba “en Inglaterra no hay canon y los precios no son más baratos”[1].

[1] Así lo indica Javier Cremades en su obra “Micropoder. La fuerza del ciudadano en la era digital” p. 171.

 

Clave 9 – Propiedad Intelectual en el siglo XXI

Sin duda, el mencionado Convenio de Berna asentó explícitamente los pilares temáticos que debía de proteger la propiedad intelectual. Ciertamente, no pudiéndose proteger lo desconocido, esa lista primigenia ha tenido que ir acogiendo nuevas formas de creación. Así podemos destacar nuevos elementos, de sobra conocidos en la actual sociedad de la información: las obras multimedia y los programas informáticos. Ambas, en todo caso, recogidas en el Artículo 2 de dicho Convenio: Los términos ‘obras literarias y artísticas’ comprenden todas las producciones en el campo literario, científico y artístico, cualquiera que sea el modo o forma de expresión.

Respecto a las producciones multimedia, no existe una figura jurídica explícita que se la defina si bien podemos consensuar la siguiente conceptualización: combinación de sonido, texto e imágenes en formato digital, accesible mediante un programa informático. En nuestra legislación, se puede apreciar un concepto aproximado en el título VI de la ley de propiedad intelectual[1] .

En cuanto a los programas informáticos, sí que existe una mayor explicitación tanto conceptual como jurídica. En nuestro ordenamiento al efecto, el título VII se refiere por entero a los programas informáticos[2].

[1] Real Decreto Legislativo 1/1996, de 12 de abril, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley de Propiedad Intelectual, regularizando, aclarando y armonizando las disposiciones legales vigentes sobre la materia: TÍTULO VI Obras cinematográficas y demás obras audiovisuales. El artículo 86 reza el siguiente concepto: […] entendiendo por tales las creaciones expresadas mediante una serie de imágenes asociadas, con o sin sonorización incorporada que estén destinadas esencialmente a ser mostradas a través de aparatos de proyección o por cualquier otro medio de comunicación pública de la imagen y del sonido, con independencia de la naturaleza de los soportes materiales de dichas obras.

[2] El artículo 96 nos explicita qué se entiende por programa de ordenador:  […] toda secuencia de instrucciones o indicaciones destinadas a ser utilizadas, directa o indirectamente, en un sistema informático para realizar una función o una tarea o para obtener un resultado determinado, cualquiera que fuere su forma de expresión y fijación.

 

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Clave 10 – La Propiedad Intelectual y las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones

La irrupción de las TIC ha desencadenado una nueva manera de entender las relaciones entre las personas, configurando la llamada Sociedad de la Información. Detengámonos por un momento en una de sus consecuencias más notables: la red de redes. Su “creador”, Tim Berners-Lee propuso en 1980 un proyecto de lenguaje hipertextual para ir avanzando en la información a base de clicks mediante enlaces. En 1991 se lanzaría el primer sitio web http://info.cern.ch. No tenemos datos del número de usuarios de aquellas primeras páginas. No obstante, la consultora eMarketer indica que en 2006 se alcanzó la cifra de mil millones de internautas.

¿Qué idea de propiedad intelectual tenía Tim Berners-Lee cuando ideó internet? Desde luego dista mucho de la que tenemos hoy en día basada en términos protección económica. Este exbecario del CERN, sostuvo que la Web debía de entenderse como creación social. Así decía en su célebre obra Weaving the Web: el diseño original y el destino final de la World Wide Web

La web es más una creación social que técnica. La diseñé para un efecto social —para ayudar a las personas que trabajan juntas— y no como un juguete técnico. El objetivo último de la web es apoyar y mejorar nuestra existencia en la telaraña mundial. Nos agrupamos en familias, asociaciones y empresas. Desarrollamos la confianza a grandes distancias, y la desconfianza a la vuelta de la esquina

Internet supuso una plataforma neutral para las construcciones futuras. Técnicamente, la red está basada en una pila de protocolos (TCP/IP) cuyas especificaciones son completamente abiertas. No obstante, no es un caos descabezado. Existen distintas figuras que orientan los trabajos (IETF,…) cuya naturaleza está basada en una comunidad online de puesta en común con documentación y estándares abiertos.

La evolución de internet y de las TIC en general está configurando una nueva manera de entender el derecho a la propiedad intelectual. Hay varios ejemplos de sobra conocidos. Por ejemplo: los nombres de dominio, la compartición de ficheros multimedia (caso Napster…), el comercio electrónico…

De una parte, parece razonable que exista una cierta protección a las ideas, a la creación y que haya que regular en qué medios se puede o no explotar las ideas de otros. Uno de los argumentos más defendidos en este sentido es el incentivo a la innovación. Quien sostiene estas posiciones, arguye que si no hubiera algún tipo de recompensa económica, los autores buscarían otros medios para obtener réditos económicos.

De otra parte, estaría el aprendizaje social. La información no sería de nadie. En definitiva: nadie crea de la nada; por tanto, el creador de una obra ha tenido que obtener acceso a ideas e informaciones de otras personas sobre la cual desarrollar la suya. De esta manera, el conocimiento social le ha permitido desarrollar su idea, siendo así que le debe a la misma su aportación para el beneficio de la comunidad. Esta es la filosofía que se ha seguido en internet y que sostienen los defensores de la “naturaleza social de la información”[1].

Hay un ejemplo paradigmático de creación social que es wikipedia. En los años 90, la mayoría de las grandes editoriales se dieron cuenta de que tenían que ampliar los medios en los que materializar el conocimiento adquirido. Los grandes tomos enciclopédicos empezaban a perder terreno frente a los primeros buscadores. En una primera época, los motores de búsquedas no eran muy eficaces. Además, la calidad de la información recuperada era más que cuestionable. Por tanto, en un primer estadio de desarrollo, no estaba extendido el temor que algunos vaticinaban. Es bien conocido el ingente esfuerzo económico y tecnológico que hicieron todas las editoriales intentando adaptarse a las nuevas tecnologías y a una recién aparecida “wikipedia”. Pocas han podido sobrevivir a esta nueva manera de compartir información de manera masiva. El conocimiento es controlado, iterativamente refinado y corregido hasta el punto de estar actualizado (casi) al momento. Cuestión aparte es la credibilidad o la fiabilidad que se pueda otorgar a esta nueva herramienta de compartición. No obstante, es difícil de exagerar el impacto que ha tenido en el sector.

Tras las anteriores consideraciones nos planteamos el siguiente problema:
¿puede la ley adaptarse a la velocidad que impone la tecnología? En efecto, los avances informáticos aparecen con tal celeridad que pocas cosas podrían seguirle el ritmo; salvo otro avance técnico. Hete aquí donde tiene sentido hablar de los DRM (Digital Rights Management). Los sistemas digitales de protección de los derechos son artimañas tecnológicas que permiten una serie de mecanismos para el control de la copia, el acceso, la distribución…. La propia tecnología es problema y solución.

Así tenemos soluciones que limitan el número de copias, el número de ordenadores donde poder instalar un programa, el número o tiempo de accesos a determinados contenidos en línea…

Queda por tanto, un camino abierto para trazar un camino equilibrado entre limitar la descarga ilícita de contenidos y el control que la propia tecnología pone a disposición de los autores. Por cierto, la ley también debería darse prisa para poder legislar sobre estos controles. Otra cuestión importante serían los intereses económicos que están en juego así como la falta de formación tecnológica en los legisladores.

Íntimamente relacionado con los dos elementos expuestos anteriormente: la propiedad intelectual y las TIC, ha habido un movimiento imparable y creciente en el desarrollo de los programas de ordenador de las últimas décadas. Estamos hablando del movimiento Open Source o, para ser más rigurosos, del Software libre y de fuentes abiertas.

[1] La traducción es mía sobre el apartado 4.3 The Social Nature of Information Argument, del artículo Moore, Adam (2011), Intellectual Property, SEP

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Publicado el 18 septiembre, 2015 en Administración, Filosofía, Libro "ÉTICA DIGITAL", Política, Tecnología y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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